Me lleva, me lleva
Entregaste tu corazón. Diste más de lo que eras capaz, por alguien que lo merecía. Te desilusionaste. Al intentar levantarte, notaste que tu corazón de polvo no podía soportar ni tu propio peso. Te quedaste largo tiempo bajo tierra, agua, nubes y confusión. Recuperaste fuerza. Volviste a apostar por lo mismo. Te corre la boca, el cuerpo, la mirada. Te aplasta de nuevo. Una y otra vez se repite una secuencia. Te preguntas si sos débil por seguir cayendo. Cuestionas que estás haciendo mal. Que fácil sería dejar de entregarse. De esa manera no caerías más. Ves como todos a tu alrededor renuncian a apoyar lo que creen correcto. Todos renuncian, nadie lucha. Seguís. Te llaman débil. Te sentís débil. En el fondo, todos saben bien que débil es el que dejó de persistir. Mientras se ríen de tus sentimientos, piensan con admiración que deberían estar haciendo lo mismo. Vos vas a seguir levantándote hasta que nadie te derrumbe. En ese preciso momento comprenderás que no dejar el cuerpo y alma por lo que amas, es el peor golpe que se puede recibir. Que tarde será para aquellos que se quedaron estáticos en el mismo lugar.
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